Prioridades
Recuerdo una ocasión en la que, llegando a la escuela, la coordinadora, que estaba pendiente de los estudiantes que llegaban, me detuvo. Su primera inquietud con mi llegada no fue la hora de retraso, fue mi pelo largo. Preguntó porqué lo tenía largo y no le supe contestar. Luego preguntó por el nombre de mi director de curso, y yo tenía tanto sueño que no lo pude recordar, una compañera contestó por mí, y lo único que pude decir fue: “Sí, ella es”. Me dijo que debía cortarme el pelo, que así no lo podía tener. Creo, incluso, que estaba prohibiendo la entrada de estudiantes con el pelo largo. Al fin me dejó seguir.
Siempre disfruté tener el pelo largo, no muy largo, solo ‘moderadamente’ largo, que fuera de la coronilla a la nuca. Tampoco más largo, no me gustaba. Solía ser hostigado por profesores, me pedían un corte, me lo exigían, como si de ellos fuera mi pelo. Yo lo disfrutaba, me daba confianza y un poco de calor en la cabeza, un calor muy valioso en una ciudad tan fría. Las vacaciones eran la oportunidad para evitar el hostigamiento y dejármelo crecer más. Una vez volvía debía ir a la peluquería.
Pero cortarme el pelo tampoco era tan mala cosa. Las señoras que me lo cortaban vivían fascinadas con él. Siempre lo acariciaban, consentían mi cabeza; también lo exhibían: “Mire este pelo, mire ese color”. Eso, por supuesto, provocaba en mí más orgullo por mi pelo, pero solo eso, nunca pretendí cuidarlo, lo mantenía sucio y sin peinar. Los halagos por mi pelo estimulaban mi intención de mantenerlo largo. Si es bonito ¿Por qué no dejármelo así? Pero las cosas debían cambiar cuando volvía a la Escuela.
La coordinadora, esa misma que quería mi pelo corto, molestaba mucho con el tema de la ‘presentación personal’, tal como solía pasar, al menos en mi época, en muchas instituciones de educación básica. Aunque su incomodidad no era solo con mi pelo. Alguna vez me dijo que debía conseguir un jean nuevo, porque el que tenía, un blue jean (que era el tipo de pantalón exigido por el colegio), le pareció ‘muy clarito’. En esa ocasión casi le digo “pues cómpremelo”, pero solo pude mirarla con cara de sorpresa, como quien quiere decir ‘esto ya es absurdo’.
Esa misma señora, a su vez, era quien abogaba por un muchacho problemático, ya mayor de edad, que hacía prácticamente imposible las clases, y no solo las de su curso. Esta señora solía llegar a nuestro salón, al que pertenecía el muchacho, a pedirnos ‘tolerancia’, según ella, porque la madre del sujeto en cuestión, que además era amiguísima del rector (eso decía ella y lo ponía como razón), era una pobre mujercita, muy sencilla, de las mejores calidades humanas. Como si fuera la madre, y no el hijo, quien estuviera asistiendo a las clases.
Esta funcionaria, indignada con el pelo largo y el color de un jean, estaba dispuesta a ponerse de rodillas ante nosotros, estudiantes y maestros (lo habría hecho si lo hubiéramos pedido), con tal de que toleráramos las vergonzosas acciones de este personaje (difícilmente soportables), que según ella debía seguir en la institución porque su mamá era muy buena persona. En fin, esas son las prioridades en algunas instituciones de educación básica.